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Descripción |
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El calor de nuestros cuerpos, tendidos uno al lado del otro, hacía, poco a poco, más agradable la sensación de la fría arena bajo nuestras espaldas. La armonía de tus movimientos estaba en concordancia con el silencio de la noche que sólo rompía por el continuo rumor de las olas al batir contra la costa. Tu pelo rubio se movía al ritmo que marcaba la suave brisa que agitaba silenciosamente las palmeras de aquel paisaje, aislado en nuestra conciencia. La escasa luz oscurecía tus ojos que eran, durante el día, de un azul claro que podía deslumbrar a cualquiera que los mirara fijamente. Tus palabras fluían lentamente, respetuosas, amigables, sinceras, como no podían ser de otra forma tratándose de ti, tratándose de una persona que pasaba por encima de los problemas casi sin preocuparse, sin desviarse de su camino porque encontraba la solución más sencilla y eficaz, la mejor para ella y sobre todo para sus amigos. Tu cuerpo, esbelto, bronceado por el sol de la recién empezada primavera, temblaba, envuelto de fragilidad, cuando la suave brisa se convertía, por momentos, en breves y veloces ráfagas de aire frío. Tu sonrisa no huyó ni un momento de tu angelical rostro, en realidad siempre había estado ahí, a veces radiante, a veces maquillada por un punto de tristeza, a veces incrédula, pero siempre ahí.
Raúl, mayo del 2.000
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